David, Roger o Syd? ¿Quién es Pink? Esa es la doble pregunta que asalta a la mayoría de los fanáticos de esta banda formada por ex estudiantes de arquitectura, con más de 30 años en escena y uno de los cinco pilares fundamentales de la música moderna, al menos de la música moderna hecha en Inglaterra. Echoes: The best of Pink Floyd, deja claro que la identidad de ese nombre sigue hoy tan confusa como a mediados de los setenta. ¿Quién es/era el verdadero cerebro del grupo, el diamante loco de Syd Barret, enagenado a fines de los sesenta; la perturbada oscuridad de Roger Waters o el indudable virtuosismo de David Gilmour en la guitarra? La respuesta parece ser igual que antes, una suma de partes. Sin esos tres integrantes, Pink Floyd no se habría convertido en la leyenda que es hoy.
Pink Floyd es una banda que ha cimentado su carrera ni en excesos como The Rolling Stones o The Who ni en ataques de superfama como The Beatles, aunque ha mordido de ellas lo justo y necesario. Floyd es un grupo sin caras, es un concepto sonoro, una idea innovadora en los sesenta, gigantesca en los setenta, sobrecogedora en los ochenta y peligrosamente madura desde los noventa hasta ahora. Pero no hay que engañarse, Pink Floyd ha construido los “ladrillos de su pared” también en riñas internas y quiebres drásticos que habrían acabado con la carrera de cualquier otro grupo. Pero la historia de la banda es una teleserie aparte que iremos examinando a partir de la próxima semana en esta misma sección.
Vanguardistas y más grandes que la vida, los Pink Floyd vuelven a hacer noticia. A la anunciada visita de Roger Waters para el próximo 5 de marzo, se sumó esta semana la llegada a disquerías del espléndido álbum doble Echoes: The Best of Pink Floyd, antología con los 26 mejores temas de la banda, desde los primeros singles hasta The División Bell de 1994. Un trabajo precioso, editado y ecualizado en forma continua como si fuera un solo tema de casi ochenta minutos. Una cancipon eterna.
Mezclado por el habitual colaborador de la banda, el ingeniero James Guthrie, Echoes contó con la asesoría directa de los tres miembros activos del grupo: David Gilmour (voz, guitarras), Rick Wright (teclados, coros) y Nick Mason (Batería y percusión) además del enemistado hermano pródigo, Roger Waters (voz, bajo). Como era bastante obvio, el exquisito arte de la cubierta corrió de la mano del artista oficial de Pink Floyd, el fotógrafo Storm Thorgeson, cabeza del mítico estudio Hipgnosis en los setenta. La cubierta es un juego fotográfico que condenza elementos de todas las carátulas de la legendaria agrupación inglesa.
Echoes, parte 1
“Astronomy Domino” del The Piper of the Gates of Dawn (1967) es el tema encargado de abrir la placa. La voz y la guitarra loca de Syd Barret vomita la juventud del grupo en esa época y las grandes obsesiones del alucinado primer líder de la banda: las galaxias, la ciencia ficción y todo lo que pudiera venir de otro planeta. Si la idea era presentar Echoes como el inicio de un viaje, la elección fue absolutamente perfecta. El siguiente corte es “See Emily Play”, single de 1966 y también retoño de la era Barret, una canción lisérgica y corta, con no pocos coqueteos beatlemaniacos aunque decididamente más arriesgada que el estilo de Lennon y compañía.
El doble “The Happiest Days of our Lives/Another Brick in the Wall (Part II)” continúa la travesía. El corte más popular de The Wall (1979) suena de lujo, los helicópteros de la obertura, la voz siniestra de Roger Waters relatando esos felices días y como los trataba el profesor dan paso al duo vocal junto a Gilmour que conforma uno de los himnos más generacionales de todos los tiempos, tal vez la canción de protesta, de rebeldía y de contracultura más significativa de la historia de la música popular.
El viaje más ambiental de Floyd, el del disco Meddle (1971), empieza con esa suite de rock espacial por excelencia (y la pieza que da nombre a este disco): “Echoes”. Teclados, guitarras de pedal, percusión etérea y las melosas voces de David Gilmour y Rick Wright coronan el que tal vez sea el mejor tema progresivo de la banda durante los setenta. The Wall (1979) regresa con la hermosa melancolía de “Hey you”, uno de los momentos cúlmines del disco de los ladrillos, que curiosamente fue extirpado de la adaptación fílmica de Alan Parker en 1982. Tras el lamento de “Hey You”, se inyecta un estracto del atmosférico preludio instrumental de The Division Bell (1994), “Marooned”, momento perfecto para que Rick Wright, el subvalorado tecladista del grupo grite: hey, sigo aquí, yo tambien llevo la firma Floyd. Y ese es tal sea el motivo de por qué se incluyó esta pieza, la menos “éxito” de todo el disco.
Dark Side of The Moon (1973), debuta en Echoes con “The Great Gig in the Sky”, el orgasmo sonoro más cúlmine de un disco culmine. Rick Wright reconfirma su talento, extendiendo el tema anterior y convirtiéndolo en el dulce piano y la posterior explosión de voces femeninas que dan forma a esta pieza sexual, dañina y terriblemente potente. “Set the Control for the Heaart of the Sun”, del A Saucerful of Secrets (1968) es la alucinada confirmación de la toma de liderazgo de Waters tras la deserción psiquiatrica de Barret además del debut cronológico de la blusera y espacial guitarra de Gilmour. “Set...” une su sicodelia a los quiebres jazzisticos de “Money” el track más popular de Dark Side of the Moon (1973) y una de las piezas más emblemáticas de la carrera floydiana, también una de las más precisas ocasiones para apreciar el concreto saxo del invitado Dick Parry.
“Keep Talking” con la voz del científico Stephen Hawkings narrando un mensaje de la humanidad hacia otra galaxia da la chance para apreciar lo mejor del subvalorado The División Bell (1994). Un tema rockero y complejo, en el que Gilmour volvió a llevar a la banda por el lado más progresivo de su sonido, tan típico de ellos durante la mitad de los 70, tan clásico de discos como Animals (1977) trabajo que aparece en esta selección en su indiscutible mejor memento, el vertiginoso “Sheep”, veloz escupitajo de 7 minutos contra las ovejas de la sociedad, los burócratas y empleados públicos. “Sheep” es además una notable oportunidad de apreciar a Waters aprovechando el bajo a todo su potencial.
Es la guitarra infernal de "Sorrow” la encargada de clausurar el primer volumen de Echoes. Un intermedio casi perfecto para un viaje al que aún le resta la mitad final. Este tema, el mejor de A Momentary Lapse of Reason (1987) resuena como un devastador y hasta tétrico punto seguido.
Echoes, parte 2
James Guthrie tuvo su mejor idea al iniciar el segundo segmento de la travesía con las cósmicas siete primeras partes de “Shine on you Crazy Diamond”, emblemática suite de rock sinfónico que da forma a Wish You Were Here (1977), el dulce disco dedicado a la perdida mente, al diamante loco del enajenado Syd Barret. El sinfonismo progresivo se alarga con los relojes, despertadores y percusiones volátiles de “Time”, verdadero emblema publicitario de Dark Side of the Moon (1973), reflejo de la estructurada importancia del tiempo en la vida del hombre moderno y la pieza donde mejor luce la batería de Nick Mason.
El extraño, odiado y amado disco The Final Cut (1983), especie de continuación de The Wall, discurso antibélico, anticapitalista e incitación pasional al suicido aparece en la forma de “The Fletcher Memorial Home”, sentido recuerdo de Roger Waters a la figura de su padre, muerto durante la Segunda Guerra Mundial. Tras este lamento, aparece el mejor momento de The Wall (1979) y tal vez la mejor canción (en formato canción) compuesta por la dupla Gilmour y Waters en toda la historia que trabajaron juntos. “Confortably Numb” consigue en Echoes el mismo efecto que en todas sus versiones, apretar el estómago y ser un ejemplo concreto de que el poderoso motor llamado Pink Floyd también era capaz de crear canciones simplemente hermosas.
“When the tigers broke free” (1983) es la gran sorpresa del disco, una balada honda y profunda, escrita por Waters para la película de The Wall, que jamás había sido editada en formato CD, si en vinilo en un single de limitada edición. Echoes es así la esperada oportunidad que los fanáticos del grupo padre del light show, de las pantallas circulares y los cerdos inflables buscaban para conseguir esta extraña pieza en un formato de audio de real calidad.
No deja de ser raro que el dolor de “When...” de paso al doble bajo saturado y potenciado de “One of these days” de Meddle (1971), por lejos el instrumental más violento de la banda y un apocalipsis sonoro que termina con la deformada voz de Nick Mason amenazando que “uno de estos días te voy a destrozar a mordidas”. Dark Side of the Moon (1973) regresa con la preciosa fuerza de “Us and Them”, climax melódico de ese disco y la mejor aparición del saxo de Dick Parry en su carrera junto a la banda. “Us and Them” se arma como una balada poderosa y un reflejo azul y deslavado de una historia de anticipación social.
“Learning to fly”, el instante más pop no solo de Echoes, sino también de A Momentary lapse of Reason (1987) continúa el trayecto. Un curioso coquetéo de Floyd con el tecno rock y una todavía más curiosa confesión de David Gilmour a su pasión por los aviones. El single “Arnold Layne” (1969), es un nuevo retorno a la era Barret y como tal otra explosión de colores y de recuerdos, los mismos que desbordan belleza acústica en “Wish you were here” del disco del mismo nombre de 1975, por lejos la canción más fogata del grupo, además de una romántica y amistosa declaración hacia el sentido de falta que dejó la salida de Barret del corazón de la banda. En “Wish you were here”, Floyd se transfigura en una especie de dama que le canta y llora a su desaparecido primer amante.
“Jugband Blues” es la segunda oportunidad de A Saucerful of Secrets (1968) para demostrar que esta complicada placa también tiene un fuerte potencial como música para las masas. Es curioso escuchar un tema de fines de los sesenta que suena a lo que hoy esta haciendo Radiohead, tambien es significativa (y mucho) esa apreciasión. “High Hopes”, la monumental balada acústica que concluye el The Division Bell (1994) es acá el preámbulo para el fin del viaje, un aletargado adios que comienza a estirarse con la alargada guitarra de pedal de Gilmour que va opacando “High Hopes” como si fuera la crónica de un atardecer y que se funde en las locas melodías con sabor a calle de “Bike”, del The piper and the gates of dawn (1967). No deja de ser significativo que Echoes: The best of Pink Floyd comience y termine con un tema del primer disco del grupo o, lo que aún es es más significante, que el viaje que se inició en una nave interestelar a través de las galaxias más lejanas termine en un paseo en bicicleta por las callejuelas de Londres.