miércoles, 05 de septiembre de 2007
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Si el autor de “La Hora del Vampiro” no fuera más que otro artesano con suerte y otro nombre en la poco prestigiosa pero millonaria lista de autores de best-sellers de los últimos treinta años, las cosas serían más sencillas. Si este hombre, simplemente, fuera un mal escritor que supo venderse, todo sería más fácil. Pero King es un caso complejo, un problema sin resolver. El expediente King sigue abierto, el caso King está aún por cerrarse.

Al hablar de Stephen King ¿cómo pensar en él? Las alternativas son varias: ¿Un antiguo empleado de lavandería, asumido miembro de la white trash norteamericana, que escribe best-sellers de rápido consumo y cero adherencia? ¿El heredero yanqui de la sensibilidad gótica y popular de gente como Dickens o Stoker? ¿Un artista de genuino talento que se engolosinó con su capacidad de manipulación y borró de su diccionario la palabra "síntesis"? ¿O un hábil hombre de negocios que simplemente lleva años reciclando temas y estilos ajenos?
La figura de King es tan escurridiza como seductores son sus libros. Lectores quinceañeros que rehúyen las breves postales de un Carver o de un Hemingway devoran las 1503 páginas de It (Eso) en pocas semanas. Al mismo tiempo, es cierto que el tipo es un hombre accesible. No evita las entrevistas, aparece en televisión, dicta conferencias, hace breves cameos en películas basadas en sus libros, como Cementerio de Animales. Sin embargo, su percepción sobre la importancia de su obra siempre es, digamos, oblicua. En el mejor de los casos, ha reivindicado el rastro que el folletín y la pulp fiction han dejado en sus libros.

Bueno, es tiempo de poner las cosas en claro: el talento de Stephen King como escritor es tan grande y obvio que no es raro que tanta gente lo haya pasado por alto. Ni siquiera sus caídas (ahí están, vergonzosamente voluminosas e inútiles, obras como Los Tommyknockers y toda la saga de La Torre Oscura) pueden borrar el hecho. Las razones del desprecio crítico hacia King son numerosas y no todas tan desechables. Se le ha acusado de repetitivo, de manipulador, de preferir la línea gruesa antes que el trazo fino, de pulsar a destajo las siempre sospechosas teclas del melodrama. Es cierto, muchos elementos reaparecen de un libro a otro en su carrera: villanos sádicos (qué odiosos, qué temibles pueden ser los chicos malos de sus libros), moralina a chorros, predecible triunfo del bien sobre el mal y héroes que suelen ser más astutos y leídos de lo que uno esperaría de gente que no terminó la secundaria o que nunca salió de su pueblito natal.

Y a pesar de todo eso, qué absorbentes son sus historias, con qué ritmo y energía las cuenta y cómo puede despertar en nosotros la preocupación por sus personajes. Es curioso que un escritor que ha permanecido por años en la lista de los más vendidos y puesto como un ejemplo de atomización literaria sea, en el fondo, un enamorado de las formas antiguas y de los objetivos que se perseguían en la novela decimonónica: seducir, cautivar, entretener.

Otro punto en común con esa tradición: King entrena a sus lectores de libro a libro, siempre confiando en que les gustará lo que van a encontrar y que volverán por más. Sus novelas pertenecen a esa clase de productos artísticos -como la ciencia-ficción o los western de serie B- que se disfrutan mucho más si uno conoce el género, si se siente cómodo dentro de sus coordenadas. King ha mamado de diversas vertientes de la literatura popular y de los cuentos de terror y todo para destilar ese inconfundible tono suyo, que se toma su tiempo, que amuebla todos los escenarios de la historia hasta quedar satisfecho, que esconde los ases en la manga porque, claro, qué rudeza sería largar en diez páginas lo que se puede contar gozosamente en cien.

Acogedores pozos

Muchas cosas pueden faltar en un libro de Stephen King, pero hay unas pocas que nunca fallan: todos sus libros -salvo esas deplorables sagas- se inician en un entorno cotidiano, provinciano y típicamente yanqui. Hay antenas de televisión y McDonalds en el horizonte y en las esquinas viejos panzones con gorras de béisbol beben cerveza y recuerdan antiguas tragedias deportivas. En ese paisaje de vidas chatas y gente que se gana la vida ensuciándose las manos (y que funciona mucho mejor cuando el pueblo en cuestión es Castle Rock o Salem's Lot) comienza a incubarse lo extraño. Primero es un atisbo, algo que puede ser completamente normal o al menos vagamente improbable. Luego los signos del horror se vuelven patentes. Más tarde insoslayables. Pueden estar anclados en el pasado (El Resplandor, La Hora del Vampiro, Christine), en la tecnología (La Danza de la Muerte y esa estupenda novela corta que es La Niebla) o en lo paranormal (Carrie, La Zona Muerta).

Más tarde viene la sangre. En las novelas de King la gente muere con bastante frecuencia y nunca de forma agradable. A esas alturas un grupo de personajes ha tomado cartas en el asunto. No son superhéroes. Más bien son gente común y corriente. Pero tratan de estar a la altura. A veces lo logran.

Esa es la receta. Y es infalible. O casi. De todas formas, hay algo que se sale del molde y que bien puede ser uno de los grandes aportes de King al género del terror: la nostalgia. No importa cuán sangrientas o monstruosas sean sus historias, en todas ellas flota un doloroso elemento de pérdida. El enfrentamiento con el mal despierta los demonios de la memoria. Y al final, cuando de alguna manera el equilibrio ha sido reestablecido, la tristeza de sus personajes cala hondo porque del horror no han salido intactos. En un sentido, todas las ficciones de King son historias de crecimiento. Fábulas donde se aprende -o se recuerda- que el mundo es un lugar misterioso, pleno de muerte y fracaso, pero también un sitio en el que vale la pena vivir, un lugar donde hay espacio para breves pero valiosas parcelas de felicidad.

Por eso su libro más importante -no el mejor ni el más logrado- bien puede ser It (Eso), ese mastodonte que narra la lucha de un grupo de niños -que más tarde serán adultos- contra una entidad maligna que resume a todos los villanos de King. La narración, que es una clase de energía narrativa y oficio, y que tuvo una despreciable adaptación televisiva hace años, termina con un breve epílogo que resume muchas cosas sobre King y todo lo que le interesa:

"Despierta de ese sueño sin poder recordar exactamente qué era. No recuerda nada, salvo el simple hecho de haber soñado que era niño otra vez. Toca la suave espalda de su mujer, que duerme a su lado y sueña sus propios sueños. Piensa que es bueno ser niño, pero que también es bueno ser adulto y poder analizar el misterio de la infancia... sus convicciones y sus deseos. 'Algún día escribiré sobre todo eso', piensa, pero sabe que es sólo un pensamiento de amanecer, un pensamiento posterior al sueño. No obstante, es bonito pensarlo por un rato, en el límpido silencio de la mañana: pensar que la infancia tiene sus propios secretos dulces y que confirma la mortalidad y que la mortalidad define todo el valor y el amor. Pensar que lo que has mirado adelante también tienes que mirarlo atrás y que cada vida hace su propia limitación de la inmortalidad: una rueda.

Al menos, eso es lo que Bill Denbrough piensa a veces, en esas horas tempranas de la mañana, después de soñar, cuando casi recuerda su infancia y a los amigos con quienes la compartió".
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